Cap. 1 – El 4 de Julio
Vi entonces que eran las criaturas más extraterrestres que imaginarse pueda. Eran enormes cuerpos redondeados –más bien debería decir cabezas-, de un metro veinte de diámetro, y cada uno tenía delante una cara. Esta cara no tenía nariz –los marcianos parecen no haber tenido el sentido del olfato-, sino sólo un par de ojos muy grandes y de color oscuro, y debajo de ellos una especie de pico carnoso. En la parte posterior de la cabeza o cuerpo –no sé como llamarlo- había una superficie tirante que oficiaba de tímpano y a la que después se ha considerado como la oreja, aunque debe haber sido casi inútil en nuestra atmósfera, más densa que la de Marte. En un grupo alrededor de la boca había dieciséis tentáculos delgados y semejantes a látigos, dispuestos en dos montones de ocho cada uno. Estos montones han sido llamados manos por el profesor Howes, el distinguido anatomista. Cuando vi a esos marcianos parecían todos esforzarse por levantarse sobre esas manos; pero, naturalmente, con el peso aumentado debido a la mayor gravedad de
De pronto, una enorme sombra oscureció la puerta. Una respiración pesada y arrítmica parecía dar cuerpo al aire caliente que rodeaba aquella figura. Su voz sonó grave y metálica.
- Leer sólo te muestra vidas que no puedes vivir.
Mariano levantó la cabeza del libro y frunció el ceño. Sin decir nada, sostuvo la mirada que probablemente aquel contraluz tenía fija en él. Su voz ronca volvió a hacer vibrar la pesada atmósfera.
- Te deprimirás.
- Otros se limitan a vivir su propia vida… y acaban deprimiéndose igual - le contestó Mariano mientras cerraba el libro y se incorporaba de su asiento.

Interrumpido en su sacra lectura del atardecer, Mariano volvió detrás de la barra y descolgó una jarra del estante. Por fin, la figura se movió pesadamente hacia el interior del bar, dejando entrar de nuevo la luz para iluminar el local, el cual no mejoraba mucho su aspecto con relación a la penumbra. Cogió un taburete, lo movió hacia una esquina, desde donde podía divisar la tele y la calle a través de la puerta con sólo girar el cuello, y se acodó con la naturalidad que sólo da la experiencia.
-¿Qué lees?
- Aquí pone “La guerra de los mundos”, pero habría jurado que era tu última revisión médica.
- Ah, ¿va de hospitales?- dijo la sombra con sorna.
- No, va de gente guapa… ¿Lo de siempre?
Desde su asiento le asintió con un mohín. Gonzalo, que así se llamaba, era un tipo alto y gordo en lo físico, vago e inexpresivo en lo anímico. Mariano volvió al rato con el peppermint frappé y las croquetas de jamón. Le picó una antes de dejar el plato sobre la barra y volvió a su monótono quehacer de secado de vasos. Gonzalo le miró de reojo esperando una justificación a aquel pequeño hurto, pero al poco volvió la cabeza hacia la televisión colgada en la esquina contraria, donde Mariano ya había clavado la vista, que no la mirada.
Un tiempo indeterminado más tarde, Gonzalo sacó un billete del bolsillo, lo posó sobre la barra, dio las gracias de forma mecánica y se despidió con un lacónico “hasta mañana”. Cuando estaba a punto de traspasar el umbral de la puerta, Mariano le llamó. Gonzalo se volvió y le miró fijamente sin responder. El barman pareció dudar un momento, pero finalmente se decidió:
- Feliz cumpleaños, Gonzalo.
- Eres un cabronazo. - le respondió Gonzalo con una sonrisa triste.
- Sí, y tu único amigo. Cuídate ahí fuera.
Y volvió a sus vasos mientras Gonzalo ganaba la calle.
Era el 4 de julio de 2035 y la noche de Sad City era un hervidero de gente. No en vano era la fiesta nacional, instaurada hacía 23 años gracias a que EE.UU. se había decidido por fin a instituirse como poder omnímodo, invadiendo la sede central de
A Gonzalo aquello le traía sin cuidado. Bastante tenía con su vida como para encima preocuparse por toda esa basura. Como todas las noches, recorría de forma mecánica todas las rutas imaginables de reparto nocturno con su destartalada Renault Kangoo, con el único objetivo de realizar las entregas con la menor conversación posible y esquivar a todos los conductores borrachos, que a esas horas eran legión, sin atropellar a los peatones borrachos, cuyo número sólo podía expresarse en forma potencial. Gonzalo los odiaba a todos, sin excepción.
La noche era oscura y hacía un calor de muerte. Entre derrapes y volantazos, las calles del centro se sumían poco a poco en una nueva y decadente madrugada. Se decía que Sad City era la ciudad que nunca dormía, pues aquello estaba casi tan lleno de gente por la noche como por el día. Las aceras se perlaban de yonkis, putas y vividores con dinero que, sin temor a error, bien podrían repartirse en las dos categorías anteriores. De día, la cosa no era mucho mejor. Incluso se podían ver economistas, abogados y porteras.
Pasaban de las 9 de la mañana cuando Gonzalo llegó a su casa, un minúsculo apartamento en un antiguo bloque de viviendas sociales de los arrabales de la ciudad, en su barrio más populoso (lo de “popular” siempre le había parecido un estúpido eufemismo en boca de los que prefieren no abrir los ojos a la realidad). Cerró la puerta con dos vueltas y dejó las llaves colgando de la cerradura. Tiró la camisa sobre un perchero de seis bolas, todas vacías, y dejó los zapatos debajo, arrimados al rodapié. Allí mismo, sin separación alguna, estaba su habitación, única sala por otro lado de toda la casa. Tan sólo un minúsculo baño de azulejos azul mate y una barra a modo de cocina diferenciaban aquel tugurio de una choza masai, como aquellas que Gonzalo recordaba de las fotonovelas de Orzowei que había heredado de su padre.
Estaba terriblemente cansado, deprimido e inapetente. Se tragó casi sin masticar medio plato de arroz del día anterior que encontró en la nevera y se dispuso a intentar dormir sobre una cama cuyo colchón ardía sólo con mirarlo. Encendió la luz de la mesilla, bajó la persiana hasta no dejar ni una rendija y se tumbó, sudoroso y con los ojos abiertos. Desde allí miró los dos únicos pósters que tenía en la pared: un cartel de Taxi Driver y una reproducción de “Montaña de Santa Victoria con gran pino”, de Paul Cezanne. Permaneció mirando este último y se durmió imaginando cómo olería el aire fresco de la primavera en la serena campiña francesa. Una de tantas cosas que estaba destinado a no conocer.
